Cuando empecé a cantar tangos me enamoré de esas letras de mujeres como Sofía Bozán, Rosita Quiroga, Azucena Maizani, Nelly Omar y tantas más. Elegía esos tangos pícaros o dramáticos que podía cantar en primera persona. Pero recorriendo las peñas de cantores de Buenos Aires me fasciné con muchos tangos de Gardel y otros tantos cantados por hombres, pero sentía que no me resultaría fácil cantar desde el lugar de otro. Y allí recordé los viejos cuplés de Sarita Montiel que se escuchaban en mi infancia. Ella contaba una historia personal, generalmente dramática como El Relicario y luego decía algo como “en su delirio me dijo así” o “nena, me decía ciego de pasión” y aparecía el estribillo cantando lo que él en primera persona le había dicho.

Entonces se me ocurrió imaginar las escenas previas que podían enmarcar cada tango y contarlas antes de asumir con mi propia voz un tango de varón.

Así nació Alucinando Tangos...

Silbando, el momento de relax de los viejos tiempos...

 

El hombre llegaba su casa al atardecer, se sacaba la ropa de trabajo, uniforme el guarda de tranvía o el policía, overol  el obrero, saco y corbata el oficinista. Se quedaba en camiseta musculosa y pantalón pijama, a rayas o a lunares. Así “empilchado”, disfrutando de su momento, salía a la vereda a fumar y silbar. A la “patrona” no le gustaba el olor a cigarrillo dentro de la casa y a él le gustaba silbar afuera como un pájaro en libertad, fuera del yugo. También compartir esa libertad con los otros hombres del barrio, un poco jugando y provocando al mostrar la destreza de su silbido, los gorjeos, los fraseos largos y sostenidos. El repertorio? tangos sin duda.Modesto orgullo, identidad de cada uno y complicidad de todos. En las ventanas con malvones silbaban los canarios en sus jaulas. Y aunque hoy nos resulte inadecuado, en aquellos tiempos hasta los piropos se silbaban.

Las mujeres no silbaban, esa era una destreza de machos. pero ellas cantaban mientras hacían las tareas de la casa, a veces “a capella” y otras acompañando a los cantores y cantoras de esa radio casi siempre encendida.

 

Silbando

Música de Sebastián Piana y Cátulo Castillo

Letra de José González Castillo

1925

 

Una calle en Barracas al sur

Una noche de verano

Cuando el cielo es más azul

Y más dulzón el canto del barco italiano

Con su luz mortecina, un farol

En las sombras parpadea

Y en un zaguán está un galán

Hablando con su amor.

 

Y desde el fondo del dock

Gimiendo en lánguido lamento

El eco trae un acento

De un monótono acordeón.

Y cruza el cielo un aullido

De algún perro vagabundo

Y un reo meditabundo

va silbando esta canción.

 

Una calle, un farol, ella y él

Y llegando sigilosa

La sombra del hombre aquel

A quien infiel dejó una vez la ingrata moza

Un gemido y un grito mortal

y brillando entre las sombras

El relumbrón con que un facón

Da su tajo fatal.

 

Y desde el fondo del dock

Gimiendo en lánguido lamento

El eco trae un acento

De un monótono acordeón.

Y cruza el cielo un aullido

De algún perro vagabundo

Y un reo meditabundo

va silbando esta canción.

Viejo Smoking

 

Muchos pasaron de la gloria del cabaret a la miseria del cuarto de pensión. De ser el mimado de las mujeres a la soledad y el desamparo. De un presente glorioso a la tristeza de vivir en el pasado.

Así lo muestra otro personaje.  Con la respiración agitada por el pucho y el paso vacilante por el alcohol…subió los cuatro escalones que lo separaban de la pieza. Pateó la puerta que ya ni cerradura tenía…para qué! Encendió el primus, puso a calentar la pavita abollada y se cebó el primer mate. Sentado en el elástico pelado de la catrera, miró al ropero entreabierto y lo vio colgado…negro y solitario. Lo descolgó de la percha y lo miró: la camisa ajada, el moñito mustio. Se miró en el espejo manchado y dijo así:


 

Viejo Smoking

Letra de Celedonio Esteban Flores

Música de Guillermo Barbieri

1930

 

Campaneá como el cotorro

va quedando despoblado

todo el lujo es la catrera

compadreando sin colchón

y mirá este pobre mozo

como ha perdido el estado

amargado, pobre y flaco

como perro de botón.

 

Poco a poco todo ha ido

de cabeza pa’l empeño

se dio juego de pileta

y hubo que echarse a nadar

sólo vos te vas salvando

porque pa’mí sos un sueño

del que quiera Dios que nunca

me vengan a despertar.

 

Viejo smoking de los tiempos

en que yo también tallaba

cuánta papusa garaba

en tu solapa lloró,

solapa que por su brillo

parecía que encandilaba

y que donde iba sentaba

mi fama de gigoló.

 

Yo no siento la tristeza

de saberme derrotado

y no me amarga el recuerdo

de mi pasado esplendor

no me arrepiento del vento

ni los años que he tirado

pero lloro al verme solo

sin amigos, sin amor.

 

Sin una mano que venga

a llevarme una parada

sin una mujer que alegre

el resto de mi vivir,

vas a ver que un día de éstos

te voy a poner de almohada

y tirao en la catrera

me voy a dejar morir.

 

Viejo smoking, cuántas veces

la milonguera más papa

el brillo de tu solapa

de estuque y carmín manchó.

Y en mis desplantes de guapo

cuántos llantos te mojaron

cuántos taitas envidiaron

mi fama de gigoló.

Mano a Mano (con réplica)

Otra vez Celedonio, esta vez con la música de Gardel y Razzano, y un clásico que pasó a la historia como la nostalgia de un hombre abandonado por la mujer que tanto amó.

Pero, la suerte, que es grela, hizo que en los años cincuenta este tango cayera en manos de Humberto Correa, un uruguayo que junto con Donato Raciatti llegaron a la conclusión de que no se trataba de una historia de amor sino del lamento de un cafiolo que había perdido su fuente de ingresos. Y le escribieron la réplica de la mujer.

 

Mano a Mano (con réplica)

Letra de Esteban C. Flores y Donato Racciatti

Música de Carlos Gardel y J. Razzano

 

El

Rechiflao en mi tristeza hoy te evoco y veo que has sido,

en mi pobre vida paria sólo una buena mujer.

Tu presencia de bacana puso calor en mi nido;

fuiste buena, consecuente, y yo sé que me has querido,

como no quisiste a nadie como no podrás querer.

 

Ella

Yo no sé por qué estás triste y evocás lo que ante'sido,

Con el filo de engrupirme que era una buena mujer.

Si aburrida de tu trato decidí dejar el nido,

porque me tenías cansada con tu beguén de engrupido;

y decís que te he querido como no llegué a querer.

 

El

Se dió el juego de remanye cuando vos pobre percanta,

gambeteabas la pobreza en la casa de pensión.

Hoy sos toda una bacana la vida te ríe y canta,

los morlacos del otario los tirás a la marchanta;

como juega el gato maula con el mísero ratón.

 

Ella

Se dio el juego de remanye que hoy batís como reproche,

mientras pa' ponerte al día fui a parar a una pensión;

y vos la pasabas curda de la mañana a la noche,

patinándote mi vento en taxímetro o en coche,

dándote aires de guapito prepotente y compadrón.

 

El

Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones;

te engrupieron los otarios, las amigas, el gavión;

la milonga entre magnates con sus locas tentaciones,

donde triunfan y claudican milongueras pretensiones,

se te ha entrado muy adentro en el pobre corazón.

 

Ella

Hoy decís que tengo el mate de ilusiones rebosante;

que me engupieron los giles mis amigos y el bacán;

pero hablás de esa manera porque te he dado el espiante.

Lo que pasa, mis amigos, que no soy aquella de antes;

y amarroco los azules pa' que no me falte el pan.

 

El

Nada debo agradecerte mano a mano hemos quedado;

no me importa lo que has hecho, lo que hacés, ni lo que harás.

Los favores recibidos creo habértelos pagado;

y si alguna deuda chica sin querer se me ha olvidado,

en la cuenta de ese otario que tenés se la cargás.

 

Ella

Nada debo agradecerte, decís, mal agradecido,

que has quedado mano a mano con lo que te he dado yo;

pero no pienso cobrarte porque quedarías fundido;

es mejor de que tus deudas las encierre en el olvido,

porque si no pagarías todo lo que hice por vos.

Duelo Criollo…

 

El duelo criollo es un ritual en el que un hombre desafía a otro a pelear con cuchillo. ¿La razón? aparentemente una mujer, quizá una deuda de juego o diferencias políticas. En realidad por puro orgullo y demostración de valor.

En el baile o en la pulpería entra el hombre con el poncho colgado a sus espaldas, arrastrándolo levemente por el piso. Esa es la señal de la provocación. Y otro toma el desafío y le pisa el poncho. El tirón hace que se dé vuelta molesto clavandole los ojos al ofensor. Así salen y comienza la pelea, con el poncho enrollado en el brazo y el facón en la otra mano.

La primera intención es dejar la marca, el feite, la cicatriz en la cara del otro. Si la ofensa es más grave el facón apunta a las tripas.

En el rito más salvaje se ataban la pierna derecha de cada uno con un poncho para pelear a muerte. Allí no había retroceso posible y la pelea terminaba cuando uno de ellos caía, herido de muerte. Y muchas veces morían los dos.

Así lo cuenta el tango:

“y un farol en duelo criollo vio, bajo su débil luz, morir los dos”.


 

Duelo Criollo

Letra de Lito Bayardo

Musica de Juan Razzano

1928

 

Mientras la luna serena

baña con su luz de plata

como un sollozo de pena

se oye cantar su canción.

 

La canción dulce y sentida

que todo el barrio escuchaba

cuando el silencio reinaba

en el viejo caserón.

 

Cuentan que fue la piba de arrabal

la flor del barrio aquel

que amaba un payador

sólo para ella cantó el amor

al pie de su ventanal.

Pero otro amor por aquella mujer

nació en el corazón del taura más mentao

y un farol en duelo criollo vio

bajo su débil luz morir los dos.

 

Por eso gimen las noches

de tan silenciosa calma

esa canción que es el broche

de aquel amor que pasó.

 

De pena la linda piba

abrió bien anchas sus alas

con su virtud y sus galas

hasta el cielo se voló.

 

Cuentan que fue la piba de arrabal...

Compadrón...

Cuenta Andrés Carretero en su libro sobre los compadritos que el compadre era el cafiolo, el rufián, que se mostraba siempre bien vestido y arreglado de punta en blanco para exhibir la prosperidad de su negocio.

Compadrito será entonces aquel  muchacho de arrabal, obrero u operario, laburante al fin, que una vez por semana se empilcha imitando al compadre, para tener el aspecto floreciente del que no necesita ganarse la vida.

Se destaca por su aspecto y por su destreza en el baile. Pero también por un modo de vivir que rescata la alegría, la fiesta, el desapego  por el dinero, la audacia y la amistad como valores principales. Ser compadrito es un modo de rebelarse contra la rutina, el esfuerzo y la mediocridad.

Era tal el prestigio del compadre que habían también imitadores del imitador. Allí aparecen también los que imitan del compadrito sólo el modo de vestirse o caminar. Ni cafiolos ni obreros, apenas empleados bancarios o municipales, muchachos de perfil discreto que los sábados por la noche se inventaban el personaje del compadrito para impresionar a las chicas cuando salían a la milonga. Alguien dio en llamarlos “compadritos a la violeta” y don Enrique Cadícamo les dedicó este tango.

 

Compadrón

Letra de Enrique Cadícamo

Musica de Luis N.Visca

1927

 

Compadrito a la violeta,

si te viera Juan Malevo

qué calor te haría pasar...

No tenés siquiera un cacho

de ese barro chapaleado

por los mozos del lugar.

El escudo de los guapos

no te cuenta entre los suyos

por razones de valer.

Tus ribetes de compadre

te engrupieron, no lo dudes...

Ya sabrás por qué!

 

Compadrón,

prontuariado de vivillo

entre los amigotes que te siguen,

sos pa' mí, aunque te duela,

compadre sin escuela, retazo de bacán.

Compadrón, cuando quedes viejo y solo

Compadrón, y remanyes tu retrato

notarás que nada has hecho...

Tu berretín deshecho

verás desmoronar.

 

En la timba de la vida,

sos un punto sin arrastre

sobre el naipe salidor,

y en la cancha de este mundo

sos un débil pal biabazo,

el chamuyo y el amor.

Aunque busques en tu verba

pintorescas contraflores

pa' munirte de cachet,

yo me digo a la sordina

Dios te ayude, compadrito

de papel maché.

Atenti, Pebeta…

 

Ah...los poetas. Qué haríamos las mujeres sin los poetas. Y qué harían los poetas sin las mujeres! Y más aún los poetas tangueros.

Cuentan que en árabe existen más de cien palabras para nombrar a un camello. Esto es porque en cada idioma aquellas cosas que representan el núcleo de la vida cotidiana, y el centro del universo emocional de un pueblo, se caracterizan por tener múltiples sinónimos. Ya no se trata de agregarle cualidades o adjetivos, sino que habrá una nueva palabra según las características del camello, pero más aún según su comportamiento, o hasta su temperamento. Lo mismo sucede con el idioma ruso que tiene casi cien palabras para nombrar a la nieve. Y cuentan que en guaraní hay muy diversas palabras para nombrar al color verde.

Como todos sabemos, en buen porteño existen más de cien palabras para nombrar a la mujer, según su aspecto, su edad, su clase, pero muy especialmente según su comportamiento hacia el hombre: mina, naifa, papusa, percanta, grela, pebeta...y tantos más.

Y ellos nos cantan, nos halagan, nos lloran,  nos abandonan, nos extrañan y nos advierten de los peligros de la vida ...

De Celedonio Flores, uno de nuestro grandes poetas...

 

Atenti Pebeta

Letra de Celedonio Esteban Flores

Musica de Ciriaco Ortiz

1929

 

Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo,

vos hacete la chitrula y no te le deschavés;

que no manye que estás lista al primer tiro de lazo

y que por un par de leones bien planchados te perdés.

 

Cuando vengas para el centro, camina mirando el suelo,

arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared,

como si ya no tuvieras ilusiones ni consuelo,

que, si no, dicen los giles, que te han echao a perder.

 

Si ves unos guantes patito, rajales!

A un par de polainas, rajales también!

A esos sobretodos con catorce ojales

no les des bolilla, porque te perdés;

a esos bigotitos de catorce líneas

que en vez de bigotes son un espinel...

Atenti, pebeta! Seguí mi consejo;

yo soy zorro viejo y te quiero bien.

 

Abajate la pollera por donde nace el tobillo,

dejate crecer el pelo y un buen rodete lucí.

Comprate un corsé de fierro con remaches y tornillos

y dale el olivo al polvo, a la crema y al carmín.

 

Toma leche con vainillas o chocolate con churros,

aunque estés en el momento propiamente del vermut.

Después comprate un bufoso y, cachando al primer turro,

por amores contrariados le hacés perder la salud.

 

Si ves unos guantes patito, rajales...

Corazoncito de oro

Cuenta Néstor Pinsón que Rosita Quiroga fue la primera cantora, heredera directa de los primitivos payadores. El suyo es un caso único en la historia de la mujer en el tango. Ninguna se expresó como ella, cantaba con la misma cadencia y el mismo "dejo" con el que hablaba, fue el prototipo femenino, irrepetible, de lo arrabalero.

Interpretaba naturalmente, como le salía, y pulsaba la guitarra por tonos, tal como le enseñara Juan de Dios Filiberto, su vecino en el barrio de la Boca. Hablaba intercalando palabras lunfardas y vulgares, con un ritmo canyengue, tal como lo habría escuchado de los hombres de su casa, laburantes del puerto y carreros. Lo hacía ceceando y su voz no era potente pero generaba un clima intimista como si cantara para sí misma. 

Este estilo la acompañó hasta su muerte a pesar de que ya había superado la pobreza y tenía una posición económica muy acomodada. El periodista Jorge Göttling la llamó "La Piaf del arrabal porteño". Apareció en el momento preciso y fue distinta a todas. El éxito le llegó rápidamente, fue hija dilecta de la compañía Victor a la cual le fue fiel en toda su carrera. 

Y por muchos años el poeta Celedonio Flores escribió solamente para ella.

Rosita Quiroga es la más genuina representante del tango arrabalero, hoy una leyenda de la más rancia estirpe porteña, para muchos la más grande, y que es venerada por todos los que amamos este paradigma genial llamado tango

Quiero rescatar un tango que ella grabó en el 24 y no ha sido cantado por ninguna otra. Aunque tuve el atrevimiento (el tupé hubiera dicho Rosita) de grabarlo y cantarlo en varios recitales.

Corazoncito de Oro

Edgardo Donato, Celedonio Flores

1924

No quiero un señor que tenga un stud

Con monta oficial ni haras

Ni quiero vivir en un gran hotel

Con muebles y alfombras caras

No quiero fingir ni quiero mentir

Ni quiero que se me engañe

Yo quiero un amor sincero y leal

Que sea constante y fiel de verdad

 

Quiero el cariño de un hombre

Que sirva para adorarme

Y que sepa demostrarme

Cual es el bien y es el mal

Vivir en un cotorrito lleno de luz y alegría

Y que tenga un jardincito

Lleno de luz de arrabal

 

Amor, amor donde tendré que buscarte

Dime que espero encontrarte para mi sed apagar

Amor, amor donde escondes tu tesoro

Mi corazoncito de oro

No lo ha podido encontrar

Mañana zarpa un barco 

Por decreto oficial firmado por el Presidente Agustín P. Justo, fechado en Buenos el 18 de agosto de 1937, la Virgen María, bajo la advocación de Stella Maris(Estrella del Mar), ha sido declarada Patrona de la Armada Argentina.


Stella Maris, Estrella del mar, el nombre con el que desde hace siglos la gente de mar se dirige a la Virgen María, en cuya protección siempre ha confiado. Stella Maris fue el nombre que eligió para ella su abuelo genovés, inmigrante que vive con la familia en el barrio de la Boca. Stella Maris, la que acompaña y guía, y la que calma las tempestades. Pero ella es sólo una chica del puerto de Buenos Aires, que pasa sus noches en un bodegón de mala muerte, acompañando a los marineros, acunándolos al son de un asmático bandoneón. También calmando otra clase de tempestades. Pero, cuidado con encariñarse, porque ellos siempre están de regreso, de paso o se están yendo. Sus destinos se cruzan por un par de noches y la marea los vuelve a separar, ellos se van, ellas son las chicas del adiós.
Así le canta esa noche a Stella Maris su último cliente mientras se aleja, quizá para siempre.
¿Ella está llorando? Quizá sólo sea la ilusión del marinero que quiere imaginar sus lágrimas para sentirse menos solo.

 

Mañana zarpa un barco.
Letra de Homero Manzi

Música de Lucio Demare

1942

Riberas que no cambian tocamos al anclar.
Cien puertos nos regalan la música del mar.
Muchachas de ojos tristes nos vienen a esperar
y el gusto de las copas parece siempre igual. (up)
Tan sólo- aquí en tu puerto se alegra el corazón,
Riachuelo donde sangra la voz del bandoneón.
Bailemos hasta el eco del último compás;
mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más....

¡Qué bien se baila sobre la tierra firme!
Mañana al alba tendremos que zarpar.
La noche es larga, no quiero que estés triste...
Muchacha, vamos; no sé por qué llorás...
Diré tu nombre cuando me encuentre lejos.
Tendré un recuerdo para contarle al mar.
La noche es larga, no quiero que estés triste...
Muchacha, vamos; no sé por qué llorás...

Dos meses en un barco viajó mi corazón,
dos meses añorando la voz del bandoneón.
El tango es puerto amigo donde ancla la ilusión,
al ritmo de su danza se hamaca la emoción.
De noche, con la luna soñando sobre el mar,
el ritmo de las- olas me miente su compás.
Bailemos este tango, no quiero recordar;
mañana zarpa un barco, tal vez no vuelva más...